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La Coctelera

29 Octubre 2009

Empezamos mal la semana: así de entrada, resulta que cierra Soitu. Y lo hacen con estilazo, con un diseño precioso, poniendo todas las cartas posibles sobre la mesa, contestando a todas las preguntas y con una buena dosis de eso tan escaso que es el sentido del humor, aliñado con una pizquita de nostalgia. Todo esto, cada paso que dan tras el anuncio, resuena por toda la red en forma de un aluvión de comentarios plañideros, post luctuosos, grupos de apoyo moral en FB, tags reivindicativos en twitter y demás parafernalia ciberactivista dospuntocerosa.

De Soitu, como del cerdo, me gustaban hasta los andares y todo se podía aprovechar: el aspecto gráfico, el contenido, el espíritu colaborativo, el tipo de periodismo… Cuando lo supe, lo primer que sentí fu pena y un impulso irrefrenable de unirme al velatorio virtual. Justo cuando iba a hacerlo, me cayeron encima como una losa un par de tuits demoledores de Calvin y elqudsi. Entonces recordé cuantas veces había entrado yo en soitu los últimos seis meses. Y pensé que no vale hacer una cosa y luego decir otra, tirar la piedra y esconder la mano, que hay que ser un poco consecuente con los propios actos.

No voy a discutir si detrás de todo esto está la mano negra de los bancos que no quieren gente informada, sino borregos, o son las presiones de los medios convencionales, o la crisis económica. Tal vez el quid estaba en un mercado no lo suficientemente maduro y resulta que soitu no era el cerdo, sino la margarita. Los cerdos habríamos sido los usuarios, por no enterarnos de lo que teníamos en los hocicos. Puede que todas esas razones sean la causa o puede que ninguna tenga nada qué ver y simplemente resulta que no tocaba, a veces la vida es así de imprevisible.

Así que no tengo demasiado remusguillo por no haberlo leído más y más a menudo, no creo que con un puñado de lectores más las cosas fueran distintas. En realidad, tengo cargo de conciencia porque sé que si lo huera leido más, habría disfrutado más y habría aprendido cosas que ahora nunca sabré; cargo de conciencia por desaprovechar una buena oportunidad y no saber apreciar la margarita que me alargaban. Pero como las buenas oportunidades, si son buenas de verdad, pasan dos veces, solo digo: Hasta luego, Soitu, ya nos veremos por ahí, la próxima no te me escapas.

27 Julio 2009

Llevo meses y meses desaparecida en combate pero debo decir en mi descarga que la razón ha sido de peso y que, para variar, la Internet ha tenido algo que ver. La cosa empezó hace unos meses, cuando un individuo que había conocido 18 años antes me agregó en Facebook. Aunque en su día me había caído como un puñetazo en los ovarios, como uso poco esta famosa red social, pensé que podía aceptarle sin mayor trascendencia. Error: una semana más tarde, el tipo en cuestión me invitó a un concierto de música clásica y por no quedarme en casa, acepté. Nada más verle, pensé: “Mierda! He organizado una cita a ciegas exactamente con la antítesis de tío que me pone.” Y once meses después de aquello, la antítesis y yo estábamos casándonos, luciendo ambos una sonrisa estúpida que aún no ha habido forma de borrar.

Si, ya sé que no es tan raro. Todos los días la gente se encuentra o se reencuentra a través de Internet y usa las redes sociales para fraguar sus relaciones laborales, personales e incluso sentimentales; cada minuto, las personas hacen cosas que habían jurado una y otra vez que nunca harían, incluyendo casarse; y como estoy optimista, quiero pensar que cada instante muchas personas encuentran la felicidad real allí donde jamás hubieran pensado que estaba, incluso en lugares virtuales.

Si, en realidad todo esto no es nada raro, más bien es la confirmación de lo que decía en un post premonitorio: la vida digital te da infinitas posibilidades para provocar todo tipo de malentendidos, desaguisados y situaciones ridículas. Y si no, que venga Tim Berners Lee y me convenza de que llorar en público al decir “Siquiero” y encima twittearlo, resulta super cool. Y todo, por culpa de Facebook.

14 Enero 2009

Mundo Menéame

14 ene 09 Autor: estacionencurva

Un mundo poblado por oligarcas malignos, engordados a base de ‘gildas’ que ensartan un trocito de currante aquejado de hipoteca, una anchoa con la identidad cultural amenazada y una aceituna bien gorda, rellena de gay discriminado. Calles rebosantes de ateos protestones, disfrazados de Soldados del Imperio, tías con tetas gordas al aire charlando apaciblemente sobre tangas cuánticos y bandas de pingüinos incontrolados, apedreando ventanas al grito de ‘Ni dios, ni amo, agarrármela con la mano’ ¿Me he comido un ajo? No amiguitos, me he dado una vuelta por la portada de meneame.net, producto de la diarrea mental de múltiples grupúsculos de guasones, calimocheros, anarquistas, ateos, independentistas, pirados de cualquier cosa con chips y procrastinadores profesionales, entre los que me encuentro yo misma… Un mundo extraño y distorsionado, configurado, en teoría, a imagen y semejanza de los gustos de sus usuarios (cachondeito, ciencias, algo de cultura, Star wars, cabreo ante las injusticias), pero que en realidad responde en buena parte a los intereses de una serie de grupos de presión más o menos organizados, que se aprovechan de la sensibilidad reinante. Alguno ya se llevó en su día un coscorrón por pasarse de la raya, pero la cosa continua y como, aunque diversos, son muchos, pues nadie protesta. Algunos simplemente nos cansamos y dejamos de participar activamente.
Y ya me callo, porque noto que mi karma está bajando a marchas forzadas. Es más: Chicos, perdón, lo siento, no quería decir lo que he dicho. Buena muestra de mi error es esta noticia, que pasó a portada debido a la fama mundial de su protagonista. En realidad no hay lobbys en Meneame, pero por favor, piedad, más negativos no.

18 Diciembre 2008

Últimamente no hago más que leer artículos titulados ‘Cuidado con Facebook’ ‘Ojo con las redes sociales’, ‘Protegete frente a los peligros de Internet’ y en ese plan, avisándonos de las hordas de maniacos, pederastas y estafadores piratas que nos esperan agazapados en cada recoveco de la red. Cada vez que doy con una joya de este genero internetero-catastrofista, sonrío y me acuerdo de mi padre. Por estas fechas sería su cumpleaños. Digo sería, porque tuvo la mala ocurrencia de morirse hace unos años. En general era una persona muy ingeniosa y divertida, pero con lo de morirse, pues no estuvo nada acertado, la verdad. La cosa es que mi a padre le encantaba internet. A finales de los noventa se abrió su Hotmail, se apuntó a una cerro de listas de distribución sobre historia, que era lo suyo, y se pasó los últimos años de su vida dedicando varias horas diarias a contestar correos. A veces refunfuñaba “¡Que horror, no sé si borrarme de alguna! No me da tiempo a leerlos todos, me colapsan el buzón y además no paran de preguntar…” pero al final siempre encontraba un ratito para dar con el dato necesario o solucionar una duda. Y luego, tiempo después, fue y se murió casi de repente. Su funeral fue en una iglesia muy grande y como vino mucha gente, el pésame fue eterno y agotador. Cuando estábamos terminando, ya mareada de tanto ‘Lo siento mucho’ , me fijé en un grupito de ocho o diez personas que se acercaban con cara de susto. Uno de ellos avanzó un poco y, a modo de portavoz del resto, habló: ‘Hola, no nos conoces, no nos hemos visto nunca… En realidad tu padre tampoco conocía nuestras caras, pero éramos colisteros y siempre nos ayudó mucho a todos: contestaba a todo el mundo, podías preguntar lo que fuera, que allí estaba su mensaje para orientarte y echarte una mano y siempre con toda la humildad del mundo. El día que murió, alguien lo posteó y por eso nos enteramos. Así que aunque no llegáramos a conocernos en persona, queríamos venir, al menos a daros un abrazo’. Me emocioné entonces y aún hoy me emociono con solo recordarlo. Por eso, siempre que leo esos artículos sobre la cantidad de malos malignos que pululan por las redes, me acuerdo de mi padre y de su funeral, y sonrío.

3 Noviembre 2008

Había pensado daros la chapa sobre mis múltiples personalidades y la manera en que utilizo las redes sociales para darles cancha y esquivar el frenopático. Podría contaros lo de la marranada del rock and roll y torturaros con glorias pasadas de gintonics, temazos y demás rollos, en plan abuela cebolleta infumable. Como poder, podría contaros debidamente qué hace la cosa y como funciona. Pero estoy enamorada, y ya sabéis que el amor te deja idiotizada, a mí por lo menos. ¡Qué bonito! En la vida aparece todo de golpe y eso incluye el servicio/red/aplicación/sitio dospuntopelotacero perfecto. Me derrito. Lo voy a decir, porque se que no podéis más: se llama blip.fm Es inmediato y sobrio, como twitter, pero ya se sabe que, si una imagen vale más que mil palabras, una buena canción vale más de un millón. O sea, para que voy yo a soltar chuminadas si alguien las ha dicho antes mucho mejor y con una melodía que te pone de punta hasta el ombligo antes de pegarse en tu cerebro igual que un chicle al pelo.

En corto, buscas la canción que te apetezca, si no está, la subes (que vengan y te tosan) y, acompañada de un comentario glosando el estribillo, la blipeas para pregonar por la internet qué te gusta, como estás, dar un achuchón a tus listeners, o simplemente, porque te apetece oírla. Y eso. Aquí también sigues y te siguen, más exactamente, escuchas y te escuchan, con lo que en tu home siempre habrá una listita de trallazos frescos, recomendados por la parroquia.

Algunos ya avisan que esto durará poco, que en cuanto la cosa empiece a engordar, llegarán los guardianes de la virginidad del copyright y nos cortaran de cuajo el subo-bajo pincho-pongo que nos traemos entre manos. Bueno, no quiero ni pensarlo, este magreo sónico y guarro me pone demasiado como para prescindir así de cuajo. Cuando se acabe, se acabó, pero mientras dure, a pasarlo bien.

11 Septiembre 2008

Prometí provocarle una salmonelosis a mi blog y aqui está: un post de hace dos meses.
Hace unas semanas me rendí a la evidencia: no podía seguir más tiempo sin un agregador. Ya. Soy de efectos retardados, porque a estas alturas no disponer de semejante cacharrito, convenientemente atestado de todo tipo de cosas guays, equivale al suicidio digital: no conseguirás enterarte de nada en un plazo razonable y pasarás tu jornada chapoteando por un maremagno de información, intentando sacar algo en claro. Con esa sensación de caos andaba yo, cuando tuve un flash del pasado y me vino a la memoria mi Netvibes. Tras varios intentos fuerzabrutísticos recordé la contraseña y de repente allí estaba, cambios de interfaz aparte, tal y como lo había dejado hacía dos años. Casi me caigo de culo del susto, pero enseguida me puse a reorganizarlo todo y al rato, ya estaba repasando mi nueva colección de feeds molones. Pude comprobar la eficacia del sistema cuando, veloz, un titular recibido vía cnet me saltó al ojo: Facebook suspends app that permitted peephole Me lancé en picado y devoré satisfecha la historia que por fin cimentaba sólidamente mis odios más encendidos: Top friends, una aplicación muy popular en esta red social, era en realidad una puertecita que, bien (o mal, según se mire) usada, ponía al descubierto datos privados de los perfiles, pasándose por el forro las preferencias del usuario al respecto. Ya sabía yo que estas chuminadas no podían traer nada bueno. Les empecé a coger manía cuando, el mismo día que me registré, recibí una aplicación para saber que zona del cerebro usaba más. Completé el formulario, inocente de mí, y al instante vi que aquello se había instalado en mi perfil, comparándome ufanamente con Picasso, Mozart y Shakespeare. Avergonzada, lo eliminé a toda pastilla, pero la tormenta no había hecho más que empezar. A partir de entonces comenzó un insistente goteo de invitaciones para usar aplicaciones estúpidas. Me instalé y me desinstalé sucesivamente módulos para enviar y recibir flores virtuales (vaya mierda), jamón serrano virtual (vaya gilipollez) o copazos, por supuesto virtuales también (vaya mierda y vaya gilipollez), otras que buscaban identificarme con personajes de ‘Sexo en Nueva York’ ‘Mafalda’ o ‘Padre de familia’ y otra más para enviar a todo dios galletitas chinas de la suerte con mensajes aberrantes en su interior. Luego le llegó el turno al Fun Wall que me permitió recibir spam con toda comodidad y además pasar un vídeo de los Fuzztones más brutos y garajeros a toda mi lista de contactos, incluyendo familia lejana y antiguas compañeras de colegio, que estas alturas deben tener una idea de mi bastante aproximada a la realidad. Afortunadamente, después de eso abandoné para siempre el oscuro mundo de las aplicaciones, pero podría haber seguido así o incluso peor, porque ofrecen un amplio abanico de posibilidades para ejercer el noble arte de la metedura de pata. Y ahora encima, pueden servir para dejarte en bolas delante de cualquier empresa que comerciará con tu perfil personal en el mercado negro. Seguramente es cierto que cuando uno vuelca información personal en la red debe estar preparado para la posibilidad de que esos datos sean del dominio público antes o después, pero mejor de una manera digna y no por instalar una aplicación de patio de colegio en el perfil de Facebook.

Ahora, aqui entre nosotros he de confesar que dos mese después, estoy en deuda con Facebook. Muy en deuda. Pero eso será asunto para otro post

2 Septiembre 2008

Mi nevera huele mal. Después de las vacaciones descubro que el gazpacho que me dejé abierto es el mejor caldo de cultivo para todo tipo de vida animada (¡Qué manifestación de hongos!) y que una rama de apio ha perfumado mis latas de cerveza. Dramático. Casi es comparable al estado de mi nevera de posts. Se me han caducado todos. Los publicaré, de todas formas, porque lo mismo que engullo alegremente comida pasada de fecha, puedo publicar cosas como “El nuevo sistema operativo de Windows se llamará Longhorn”. O sea, próximamente le provocaré una salmonelosis a mi blog, pero no hoy.
Hoy me toca hablar de la nueva y sexy (un colega decía siempre que esta palabra le recordaba a Rod Stewart, allá va) sensación de Google: se llama Chrome y es un navegador hembra, que igual termina por hacerme cambiar de acera y abandonar a mi zorrito. Lo de que es un navegador está claro, así lo lanzan y eso debe de ser. Y que es del sexo femenino, también, en cuanto uno lee sus características:

  • Es multitarea: ya se sabe que los hombres son incapaces de hacer más de una cosa a la vez con resultados minimamente aceptables. Véase Windows, que es netamente masculino: le encargas que haga un par de cosas y se hace un lio que lo flipas.
  • Gestiona bien la memoria: las mujeres tenemos un don para eso, recordamos exclusivamente lo que es útil y necesario para nuestros fines. Lo demás, lo borramos raudas. Eso si, lo que queda, lo usamos y aprovechamos a tope.
  • No deja basurilla tras el cierre de procesos: igual que la mayoría de nosotras es limpia y aseada, como está mandado. Bueno, soy la excepción a esto, pero la mayoría de las mujeres no son como yo.
  • Además es un navegador sensible: cuando te falla una página y se cierra de sopetón, se genera una pestaña triste y con carita de pena. Un navegador hombre se pira con todo, sin darte más explicaciones y ahí te las compongas.
  • Otro rasgo muy femenino es que aparenta ser una cosa, pero en el fondo apostaríamos a que es el principio de otra, la típica estrategia femenina que todas hemos usado alguna vez para colar cosas a priori incolables. En este caso Chrome es una navegadora, pero su multitarea apesta a que los chicos de Mountain View pueden estar tramando un OS como una catedral.
  • Te contesta a lo que has preguntado y a treinta cosas más que no habías pensado que quisieras saber. Cuando metes una dirección en el Omnibox la completa (modo ‘Ya, ya, si, si’) te sugiere otras direcciones, otras búsquedas en plan: ‘¿Qué donde está el suplemento del periódico? Pues no sé, pero venía también una cartilla para pegar los cupones de una vajilla monísima. Estuve el otro día en casa de tal, que por cierto se está poniendo como una vaca, y la tenían muy parecida, queda fenomenal y bueno he pensado…’ así hasta el infinito. Cuando nos ponemos pelmas, somos muy pelmas.

Hay muchas más cosas interesantes: una cierta discrección cuando es necesaria y se pide (Si chicos, vosotros sois muchísimo más cotillas que nostras, os vais de la lengua que es un primor) o la intuición femenina de ofrecerte desde el principio las páginas que cree que te pueden interesar. Lo único que me despista es lo de que el código sea abierto, porque las mujeres, en general, no nos entendemos ni nosotras mismas. Tal vez, si los navegadores están cambiando, es que ha llegado la hora de que nosotras también empecemos a cambiar. Y como hay que dar ejemplo, yo misma prometo olvidarme de los topicos la proxima vez.

21 Agosto 2008

Hilando con un post anterior, entre las estrellonas a las que sigo afanosamente en twitter está Tim O’Reilly, que mola mogollón y es, entre otras cosas, uno de los padres de la Web 2.0. Natural cual manojo de perejil, Tim lo mismo te cuenta que está organizando en casa el bodorrio de su hija que te twittea una conferencia de megafrikis o te recomienda un artículo de un colega superguay. Como Tim me cae muy bien y no echo en saco roto sus sugerencias, hace un tiempo llegó a mis manos un suculento y entretenido post que se preguntaba ¿Qué viene tras la modernidad? La cosa venía a decir que fallecidas modernidad y posmodernidad, ahora lo que se lleva es la seudo-modernidad. Este palabro tan aberrante, además de chirriar en las orejas, da nombre a todo un terremoto que ha alterado violentamente y para siempre la naturaleza de conceptos tan fundamentales para los culturetas como la individualidad, la autoría, el conocimiento, la realidad o el tiempo. El origen de semejante cataclismo no es otro que la irrupción en escena de las nuevas tecnologías y, como es lógico, su epicentro está en Internet, que es a la vez su fenómeno más destacado y el medio donde se desarrollan y multiplican hasta el infinito flamantes productos culturales hijos de esta recién nacida corriente.
Con la seudo-modernidad, ahora cada vez que hago clic para navegar de una página a otra, me estoy implicando hasta las trancas en un proceso cultural ¡Y yo sin saberlo! ¡Que tensión! Pero es que aún hay más: resulta que los productos seudo-modernos necesitan del espectador y de su intervención física para existir, que el autor, relegado a un segundo plano, le cede el puesto y el protagonismo al receptor y éste termina modificando parcial o totalmente unos contenidos efímeros e inestables por naturaleza, ya que dependen estrechamente de nuestra mirada y de nuestra interacción con ellos en tanto que individuos. Claro, a la vieja guardia, todo esto le parece una aberración y auguran un desierto cultural, mientras que para los demás, estamos en los albores del “participativismo”, que nos traerá por fin la democratización de la cultura. Ahí es nada. Cuando acabé de leer el artículo en cuestión, me sentí super seudo-moderna y me dije “Ahora mismo voy a perpetrar un producto cultural de los que quitan el hipo” La ocasión perfecta me llegó al segundo, en forma de correo de un amiguete suplicando que visitáramos su recién reactivado blog. Consciente de mi importante labor en el proceso, entré y me leí su post sobre Graham Parker, tan bueno como de costumbre. “Hala, pensé, ya está: he colaborado en la creación de un producto cultural” Y me podía haber parado ahí, pero no. Decidí que además tenía que hacerlo seudo-moderno del todo, poniendo mi granito de arena, es decir, decidí dejar un comentario.
Era un comentario pequeñito, irónico pero halagador y bastante ingenioso, o sea como muy seudo-moderno de andar por casa y cuando lo vi publicado, me sentí orgullosa de mi aportación a todo aquello. Lamentablemente, mi colega, que por lo demás es un tipo estupendo, no debió pensar lo mismo, porque tardó un mes en volver a dar señales de vida. Cuando lo hizo, enseguida le pregunté si lo había leído. “Si, lo ví” contestó torciendo el hocico. Me di cuenta entonces de que aspiraba al puesto de autor chapado a la antigua y, como tal, le importaban un comino los comentarios sobre su obra. Sin duda quería un producto cultural de toda la vida a secas y yo, con mi mejor voluntad y gracias a la seudo-modernidad, se lo chafé. Pues menos mal...