Publicidad:
La Coctelera

Los Nuestros

He sido publico solitario en conferencias de a cincuenta mil la hora. He reservado comilitonas en Alkalde para monstruosos estómagos funcionariales. He visto harpías llegando a trabajar a la una de la tarde, grapadas a sus bolsas de Vuitton. He clamado respuestas y solo he recibido el eco de despachos vacíos un día tras otro. He observado como la ignorancia crecía a la sombra de grandes egos y como la codicia florecía en los fértiles recovecos de las subvenciones a dedo. Y todos ellos, derrochones, vagos, ególatras, piratas de consejería, caciques de empresa publica, eran de los nuestros y a cada paso intentaban convencerme que yo también estaba allí por ser de los suyos. Y todo esto que vi, lo conté, enfurecida, a pescozones de 140 caracteres, en el único sitio donde mi soberbia me hizo creer que no me encontrarían. Pero lo hicieron.Desde entonces, mi remuneración milerurista sigue pesando sobre las pobres y cansadas espaldas de los demás contribuyentes, pero ahora a través del INEM, porque, como me dijeron en la oficina de empleo, "Mujer, con ese tripón, quien te va a contratar".

De todos los errores se aprende algo, pensé, pero soy fiel a misma hasta en los defectos. Esta mañana, ABC en pantalla, mi ira aumentaba al leer cada noticia: índices económicos desbocados como lemings hacia el precipicio, especuladores carroñando sueños de tres dormitorios y señoras bien repartiendo la comida que los supermercados ya no saben a quien vender. Mientras tanto el gobierno de los nuestros se escuda en una sarta de siglas internacionales para llevarse más y más de nuestro dinero, del que ganamos trabajando, del que gastamos por que no hay más remedio, del que ahorramos como podemos, del que consiguió no colarse entre los dedos indolentes de nuestros antepasados. El gobierno de los nuestros nos prohíbe operar libremente, acecha con lupa cada paso, ansioso por hincar el diente en cualquier miserable céntimo y multa hasta la mirada con tal de recaudar. Todo en nombre de la recuperación, de la salida del hoyo, de la precariedad del momento excepcional, apelando al trabajo conjunto y la responsabilidad. Pero lo peor es que al final de esa cadena de rapiña están también los nuestros. Retrepados en sus sillas de cuero, siguen ahí, transformando el esfuerzo y el dinero de los demás en beneficio propio, a impulsos de su estrafalario capricho. No sé como aquel que vio, después fue capaz de seguir creyendo. Que los nuestros no me pidan más, porque yo ya no puedo creerles.

Sueños en Excel

A finales del año pasado fui finalmente expulsada de La Casa. Aquello no era el Gran Hermano, pero llegó a parecerse demasiado, así que cuando me comunicaron que 9 años después habían decidido no contar más con mis heterodoxos e irregulares servicios, tras un segundo de vacío, sentí una libertad y una despreocupación solo comparables a las que te embargan un mes de junio, con veinte años, todas las asignaturas aprobadas y el verano por delante.
Pero pese a no haber buscado trabajo, alguien se encargó de hacerlo por mí y de repente, casi sin enterarme, me encontré ocupando el lugar con el que uno sueña cuando el trabajo no le deja dormir. No habían pasado ni tres meses, cuando pasé de las confortables filas del INEM a un puestecilllo pacífico y tranquilo en un ente relacionado con el gobierno autonómico. Un puestecillo fácil y sencillo, sin pretensiones, sin tareas trascendentes en las que tu cabeza depende de que puedas construir un ferrari con las piezas de un triciclo y luego enseñes a un ciego a pilotarlo. Un puestecillo simple y humilde que no es sino un ‘No he podido, no he sabido. Me rindo'. Quizás esto estaba dentro de la lista de cosas que hacer cuando maduras. Quizás. Pero nadie me avisó que, un buen día, me iba a encontrar de frente la constancia real de que tan importante como la potencia es la dirección y que llegado un punto, este punto, difícilmente se puede variar.
La dirección, mi dirección, me ha llevado a las listas de confirmados, los teléfonos de restaurantes, el número de asistentes y a aprender a diferenciar un montaje en teatro de otro en cabaret. Podría importarme, pero la verdad, ya me da igual. El otro día en mi puestecillo fácil y cómodo, simple y humilde, intentando aprender Excel, encontré un tesoro dentro del tutorial de Microsoft: "Este cuadro de fórmula es muy poderoso. Puede utilizarlo para escribir cualquier fórmula que pueda soñar" Ahora sé que puedo seguir soñando. Y si soy capaz de dar con la fórmula correcta, por el poder del cuadro de Excel,mis sueños serán, al fin, TRUE.

Cargo de conciencia.

Empezamos mal la semana: así de entrada, resulta que cierra Soitu. Y lo hacen con estilazo, con un diseño precioso, poniendo todas las cartas posibles sobre la mesa, contestando a todas las preguntas y con una buena dosis de eso tan escaso que es el sentido del humor, aliñado con una pizquita de nostalgia. Todo esto, cada paso que dan tras el anuncio, resuena por toda la red en forma de un aluvión de comentarios plañideros, post luctuosos, grupos de apoyo moral en FB, tags reivindicativos en twitter y demás parafernalia ciberactivista dospuntocerosa.

De Soitu, como del cerdo, me gustaban hasta los andares y todo se podía aprovechar: el aspecto gráfico, el contenido, el espíritu colaborativo, el tipo de periodismo… Cuando lo supe, lo primer que sentí fu pena y un impulso irrefrenable de unirme al velatorio virtual. Justo cuando iba a hacerlo, me cayeron encima como una losa un par de tuits demoledores de Calvin y elqudsi. Entonces recordé cuantas veces había entrado yo en soitu los últimos seis meses. Y pensé que no vale hacer una cosa y luego decir otra, tirar la piedra y esconder la mano, que hay que ser un poco consecuente con los propios actos.

No voy a discutir si detrás de todo esto está la mano negra de los bancos que no quieren gente informada, sino borregos, o son las presiones de los medios convencionales, o la crisis económica. Tal vez el quid estaba en un mercado no lo suficientemente maduro y resulta que soitu no era el cerdo, sino la margarita. Los cerdos habríamos sido los usuarios, por no enterarnos de lo que teníamos en los hocicos. Puede que todas esas razones sean la causa o puede que ninguna tenga nada qué ver y simplemente resulta que no tocaba, a veces la vida es así de imprevisible.

Así que no tengo demasiado remusguillo por no haberlo leído más y más a menudo, no creo que con un puñado de lectores más las cosas fueran distintas. En realidad, tengo cargo de conciencia porque sé que si lo huera leido más, habría disfrutado más y habría aprendido cosas que ahora nunca sabré; cargo de conciencia por desaprovechar una buena oportunidad y no saber apreciar la margarita que me alargaban. Pero como las buenas oportunidades, si son buenas de verdad, pasan dos veces, solo digo: Hasta luego, Soitu, ya nos veremos por ahí, la próxima no te me escapas.

Como hacer el ridículo gracias a Facebook

Llevo meses y meses desaparecida en combate pero debo decir en mi descarga que la razón ha sido de peso y que, para variar, la Internet ha tenido algo que ver. La cosa empezó hace unos meses, cuando un individuo que había conocido 18 años antes me agregó en Facebook. Aunque en su día me había caído como un puñetazo en los ovarios, como uso poco esta famosa red social, pensé que podía aceptarle sin mayor trascendencia. Error: una semana más tarde, el tipo en cuestión me invitó a un concierto de música clásica y por no quedarme en casa, acepté. Nada más verle, pensé: “Mierda! He organizado una cita a ciegas exactamente con la antítesis de tío que me pone.” Y once meses después de aquello, la antítesis y yo estábamos casándonos, luciendo ambos una sonrisa estúpida que aún no ha habido forma de borrar.

Si, ya sé que no es tan raro. Todos los días la gente se encuentra o se reencuentra a través de Internet y usa las redes sociales para fraguar sus relaciones laborales, personales e incluso sentimentales; cada minuto, las personas hacen cosas que habían jurado una y otra vez que nunca harían, incluyendo casarse; y como estoy optimista, quiero pensar que cada instante muchas personas encuentran la felicidad real allí donde jamás hubieran pensado que estaba, incluso en lugares virtuales.

Si, en realidad todo esto no es nada raro, más bien es la confirmación de lo que decía en un post premonitorio: la vida digital te da infinitas posibilidades para provocar todo tipo de malentendidos, desaguisados y situaciones ridículas. Y si no, que venga Tim Berners Lee y me convenza de que llorar en público al decir “Siquiero” y encima twittearlo, resulta super cool. Y todo, por culpa de Facebook.

Mundo Menéame

Un mundo poblado por oligarcas malignos, engordados a base de ‘gildas’ que ensartan un trocito de currante aquejado de hipoteca, una anchoa con la identidad cultural amenazada y una aceituna bien gorda, rellena de gay discriminado. Calles rebosantes de ateos protestones, disfrazados de Soldados del Imperio, tías con tetas gordas al aire charlando apaciblemente sobre tangas cuánticos y bandas de pingüinos incontrolados, apedreando ventanas al grito de ‘Ni dios, ni amo, agarrármela con la mano’ ¿Me he comido un ajo? No amiguitos, me he dado una vuelta por la portada de meneame.net, producto de la diarrea mental de múltiples grupúsculos de guasones, calimocheros, anarquistas, ateos, independentistas, pirados de cualquier cosa con chips y procrastinadores profesionales, entre los que me encuentro yo misma… Un mundo extraño y distorsionado, configurado, en teoría, a imagen y semejanza de los gustos de sus usuarios (cachondeito, ciencias, algo de cultura, Star wars, cabreo ante las injusticias), pero que en realidad responde en buena parte a los intereses de una serie de grupos de presión más o menos organizados, que se aprovechan de la sensibilidad reinante. Alguno ya se llevó en su día un coscorrón por pasarse de la raya, pero la cosa continua y como, aunque diversos, son muchos, pues nadie protesta. Algunos simplemente nos cansamos y dejamos de participar activamente.
Y ya me callo, porque noto que mi karma está bajando a marchas forzadas. Es más: Chicos, perdón, lo siento, no quería decir lo que he dicho. Buena muestra de mi error es esta noticia, que pasó a portada debido a la fama mundial de su protagonista. En realidad no hay lobbys en Meneame, pero por favor, piedad, más negativos no.

Internet, mi padre y las sonrisas

Últimamente no hago más que leer artículos titulados ‘Cuidado con Facebook’ ‘Ojo con las redes sociales’, ‘Protegete frente a los peligros de Internet’ y en ese plan, avisándonos de las hordas de maniacos, pederastas y estafadores piratas que nos esperan agazapados en cada recoveco de la red. Cada vez que doy con una joya de este genero internetero-catastrofista, sonrío y me acuerdo de mi padre. Por estas fechas sería su cumpleaños. Digo sería, porque tuvo la mala ocurrencia de morirse hace unos años. En general era una persona muy ingeniosa y divertida, pero con lo de morirse, pues no estuvo nada acertado, la verdad. La cosa es que mi a padre le encantaba internet. A finales de los noventa se abrió su Hotmail, se apuntó a una cerro de listas de distribución sobre historia, que era lo suyo, y se pasó los últimos años de su vida dedicando varias horas diarias a contestar correos. A veces refunfuñaba “¡Que horror, no sé si borrarme de alguna! No me da tiempo a leerlos todos, me colapsan el buzón y además no paran de preguntar…” pero al final siempre encontraba un ratito para dar con el dato necesario o solucionar una duda. Y luego, tiempo después, fue y se murió casi de repente. Su funeral fue en una iglesia muy grande y como vino mucha gente, el pésame fue eterno y agotador. Cuando estábamos terminando, ya mareada de tanto ‘Lo siento mucho’ , me fijé en un grupito de ocho o diez personas que se acercaban con cara de susto. Uno de ellos avanzó un poco y, a modo de portavoz del resto, habló: ‘Hola, no nos conoces, no nos hemos visto nunca… En realidad tu padre tampoco conocía nuestras caras, pero éramos colisteros y siempre nos ayudó mucho a todos: contestaba a todo el mundo, podías preguntar lo que fuera, que allí estaba su mensaje para orientarte y echarte una mano y siempre con toda la humildad del mundo. El día que murió, alguien lo posteó y por eso nos enteramos. Así que aunque no llegáramos a conocernos en persona, queríamos venir, al menos a daros un abrazo’. Me emocioné entonces y aún hoy me emociono con solo recordarlo. Por eso, siempre que leo esos artículos sobre la cantidad de malos malignos que pululan por las redes, me acuerdo de mi padre y de su funeral, y sonrío.

Mis magreos sonicos con blip.fm

Había pensado daros la chapa sobre mis múltiples personalidades y la manera en que utilizo las redes sociales para darles cancha y esquivar el frenopático. Podría contaros lo de la marranada del rock and roll y torturaros con glorias pasadas de gintonics, temazos y demás rollos, en plan abuela cebolleta infumable. Como poder, podría contaros debidamente qué hace la cosa y como funciona. Pero estoy enamorada, y ya sabéis que el amor te deja idiotizada, a mí por lo menos. ¡Qué bonito! En la vida aparece todo de golpe y eso incluye el servicio/red/aplicación/sitio dospuntopelotacero perfecto. Me derrito. Lo voy a decir, porque se que no podéis más: se llama blip.fm Es inmediato y sobrio, como twitter, pero ya se sabe que, si una imagen vale más que mil palabras, una buena canción vale más de un millón. O sea, para que voy yo a soltar chuminadas si alguien las ha dicho antes mucho mejor y con una melodía que te pone de punta hasta el ombligo antes de pegarse en tu cerebro igual que un chicle al pelo.

En corto, buscas la canción que te apetezca, si no está, la subes (que vengan y te tosan) y, acompañada de un comentario glosando el estribillo, la blipeas para pregonar por la internet qué te gusta, como estás, dar un achuchón a tus listeners, o simplemente, porque te apetece oírla. Y eso. Aquí también sigues y te siguen, más exactamente, escuchas y te escuchan, con lo que en tu home siempre habrá una listita de trallazos frescos, recomendados por la parroquia.

Algunos ya avisan que esto durará poco, que en cuanto la cosa empiece a engordar, llegarán los guardianes de la virginidad del copyright y nos cortaran de cuajo el subo-bajo pincho-pongo que nos traemos entre manos. Bueno, no quiero ni pensarlo, este magreo sónico y guarro me pone demasiado como para prescindir así de cuajo. Cuando se acabe, se acabó, pero mientras dure, a pasarlo bien.

Facebook: Idiotez aplicada

Prometí provocarle una salmonelosis a mi blog y aqui está: un post de hace dos meses.
Hace unas semanas me rendí a la evidencia: no podía seguir más tiempo sin un agregador. Ya. Soy de efectos retardados, porque a estas alturas no disponer de semejante cacharrito, convenientemente atestado de todo tipo de cosas guays, equivale al suicidio digital: no conseguirás enterarte de nada en un plazo razonable y pasarás tu jornada chapoteando por un maremagno de información, intentando sacar algo en claro. Con esa sensación de caos andaba yo, cuando tuve un flash del pasado y me vino a la memoria mi Netvibes. Tras varios intentos fuerzabrutísticos recordé la contraseña y de repente allí estaba, cambios de interfaz aparte, tal y como lo había dejado hacía dos años. Casi me caigo de culo del susto, pero enseguida me puse a reorganizarlo todo y al rato, ya estaba repasando mi nueva colección de feeds molones. Pude comprobar la eficacia del sistema cuando, veloz, un titular recibido vía cnet me saltó al ojo: Facebook suspends app that permitted peephole Me lancé en picado y devoré satisfecha la historia que por fin cimentaba sólidamente mis odios más encendidos: Top friends, una aplicación muy popular en esta red social, era en realidad una puertecita que, bien (o mal, según se mire) usada, ponía al descubierto datos privados de los perfiles, pasándose por el forro las preferencias del usuario al respecto. Ya sabía yo que estas chuminadas no podían traer nada bueno. Les empecé a coger manía cuando, el mismo día que me registré, recibí una aplicación para saber que zona del cerebro usaba más. Completé el formulario, inocente de mí, y al instante vi que aquello se había instalado en mi perfil, comparándome ufanamente con Picasso, Mozart y Shakespeare. Avergonzada, lo eliminé a toda pastilla, pero la tormenta no había hecho más que empezar. A partir de entonces comenzó un insistente goteo de invitaciones para usar aplicaciones estúpidas. Me instalé y me desinstalé sucesivamente módulos para enviar y recibir flores virtuales (vaya mierda), jamón serrano virtual (vaya gilipollez) o copazos, por supuesto virtuales también (vaya mierda y vaya gilipollez), otras que buscaban identificarme con personajes de ‘Sexo en Nueva York’ ‘Mafalda’ o ‘Padre de familia’ y otra más para enviar a todo dios galletitas chinas de la suerte con mensajes aberrantes en su interior. Luego le llegó el turno al Fun Wall que me permitió recibir spam con toda comodidad y además pasar un vídeo de los Fuzztones más brutos y garajeros a toda mi lista de contactos, incluyendo familia lejana y antiguas compañeras de colegio, que estas alturas deben tener una idea de mi bastante aproximada a la realidad. Afortunadamente, después de eso abandoné para siempre el oscuro mundo de las aplicaciones, pero podría haber seguido así o incluso peor, porque ofrecen un amplio abanico de posibilidades para ejercer el noble arte de la metedura de pata. Y ahora encima, pueden servir para dejarte en bolas delante de cualquier empresa que comerciará con tu perfil personal en el mercado negro. Seguramente es cierto que cuando uno vuelca información personal en la red debe estar preparado para la posibilidad de que esos datos sean del dominio público antes o después, pero mejor de una manera digna y no por instalar una aplicación de patio de colegio en el perfil de Facebook.

Ahora, aqui entre nosotros he de confesar que dos mese después, estoy en deuda con Facebook. Muy en deuda. Pero eso será asunto para otro post