Ya está aquí. Ya ha venido. Como los muertos de Poltergeist, como la primavera del Corte Inglés, el iPhone 3G ya está entre nosotros. Justo el día antes de que se abriera la veda, tenía yo entradas para ir un concierto en el Sol con un colega y había quedado delante del flamante edificio de Gran Vía donde Timofónica ha plantado su flagship store que dicen los cursis, o sea un chiringo para colocarnos todas sus triquiñuelas rebozadas en un diseño de la muerte a modo de vaselina, que ya se sabe: si es bonito, duele menos. Y tengo que confesar que, avasallada por los cañones de luz, no pude sino interrumpir la narración de las aventuras ocurridas durante el último bolo de mi partenaire, para exclamar “¡Ala! ¡Como mola!” cual paleta de visita en la gran ciudad. Un tenderete ubicado en la acera de enfrente proyectaba estrellitas azules y verdes sobre la fachada, haciendo todo tipo de juegos y exhibiciones coordinadas con las enormes pantallas de leds que cubrían los dos primeros pisos. Todo este despliegue luminotécnico no deja de sonar raro para alguien como yo, que tiene un super-móvil sin video, sin cámara y con pantalla enana. Alguien como yo que ignora si ese cacharro que utiliza como despertador se puede realmente conectar a la Internet y, lo que es peor, la duda se la suda. Alguien que pierde semejante trasto en cuanto puede, que cada dos por tres se queda sin batería (¡Que bendición!) y si no, pasa de cogerlo, porque para qué. Si, lo confieso: mi relación con la telefonía móvil es analfapatética y considero grandes hitos haber aprendido a enviar mensajes y poder encontrar un número en la agenda sin tener que colgar la llamada de quien me lo pide. Por eso lo del iPhone, su parafernalia, el 3G y la madre digital que los parió a todos, me parece chino. Bueno, más bien me parece un robo, cuando veo que entre el dichoso cacharrito, más el mínimo del contrato de dos años (conozco matrimonios más breves) que suscribes con la innombrable, el subidón de adrenalina que debe provocar el acto de la compra se pone entorno a los 1500 machacantes. Anda la de cosas que puedo hacer yo con eso. Montones, menos comprarme un zapatófono que tardaré quien sabe cuanto en aprender a usar y que encima, según los listillos que lo han evaluado, tiene una resolución de vídeo rastrera y no soporta flash, que ya es un formato casi estándar en la web. Un chisme al que se le agota la batería en menos que canta un gallo (vale, esto es perfecto para mí) y con el que, si quiero usar el gps, tengo que retratarme ante Alierta y sus Comanboys. Y lo peor de todo: un teclado táctil, que, pese a los inconitos gominola tan típicos de Apple, no es tan cómodo como dicen y te complica la vida como seas una chica de uñas largas. Yo las llevo cortas, pero la cosa es quejarme, no vaya a ser que un día decida dejármelas crecer por ver que pasa. Vamos, virgencita que me quede como estoy con mi móvil asquerosete, al menos hasta que regalen los iPhones por la compra de un BigMac, que todo llegará. Mientras tanto, me recuerda a esos tíos buenorros que te hacen suspirar por las esquinas y que luego resultan ser idiotas e inaguantables.
Con todo y nada de esto en la cabeza, ya avanzada la madrugada, volví a pasar delante de Timofónica, camino de mi casa. Los cañones de luz se habían apagado hacía tiempo y en un rato, cuando amaneciera, llegaría algún friki para coger el primer puesto en la cola, pero de momento solo pululaba por allí la fauna habitual de la zona, bastante extraña también, aunque en otro sentido. Agarrada cual lapa del brazo de mi acompañante, solo pude pensar “Que le den por culo al iPhone!” y apreté el paso para llegar cuanto antes a mi cueva y poder, al fin, bajarme de los tacones.