Tarde, como siempre, pero al fin he terminado por aficionarme a las redes sociales y el tingladillo 2.0. A mi amado meneame del que ya era fan desde hace tiempo, he añadido otro montón de formas de procrastinar: que si facebook por aquí, que si reddit por allá, que si ahora me apunto a lo del New York Times, que si entra en mi delicious y píllate este link, ahora mira plurk, que mono, y se me pasan las tardes en un pispas. Esto me resulta un poco contradictorio, porque yo no he sido nunca muy social que se diga, más bien respondo al tipo ostra, así que tampoco es que tenga millones de contactos, pero más que nada me interesa saber como funcionan estos servicios y qué se puede hacer con ellos. Y se pueden hacer bastantes cosas, la mayoría, una pérdida de tiempo, pero el éxito está asegurado porque a todos nos gusta perderlo como si nos sobrara, según queda demostrado a través de las tropecientas invitaciones diarias para utilizar alguna de las absurdas aplicaciones de facebook (“Te acabo de mandar un gintonic que no te puedes beber”), los piques eternos de los comentarios de meneame (“#156, parece que no me has leído en #87 y tampoco en #102”) y por supuesto, la micro instantaneidad compulsivo-cotillo-nerviosa de twitter. En la primera referencia que me llegó sobre semejante artilugio venían a preguntarse si tenía algún tipo de interés contarle a la gente que demonios estás haciendo en un momento determinado. (Un segundo, voy a comunicarle al mundo que estoy escuchando Violent Femmes. Ya.) La duda ofende: un servicio que arranca con la pregunta “What are you doing?” sólo puede estar pensado para cotillear, pero ahora la cosa ha progresado un poco y, al margen de las leches sistemáticas que se pega el sistema, resulta que funciona muy bien como herramienta de comunicación y marketing, para pasar información, seguir actividades y recomendaciones de grandes gurús, crear un espejismo de cercanía con gente que no conoces ni conocerás nunca, estar al tanto de las principales noticias, mantener contacto con amigos y colegas o satisfacer nuestras más ocultas pasiones exhibicionistas, inclinaciones al voyeurismo y otras manías inconfesables. Pero repasando los variados microposts que, en respuesta a la dichosa preguntita, brotan y rebrotan con cada actualización, te das cuenta de que la función fundamental de twitter no es otra que servir de cementerio de gerundios. Es la tumba perfecta donde descansan en paz esas formas verbales tan socorridas y pegajosas que siempre te recomiendan no usar porque son feas y pesadas: escuchando, viendo, haciendo, leyendo, pensando, ing, ando, ing-ing, ando. Cientos y cientos de gerundios, intrascendentes en su urgencia, son avasallados, devorados y enterrados por la siguiente retahíla de líneas telegráficas, desprovistas de sentido para casi todos. Ahí se van a morir las inmediateces de los twitteros que, si tienen suerte, serán gloriosas por un instante en el hilo general, brillando un segundo como la cabeza de una cerilla, antes de ser abandonadas al olvido velozmente, casi tan rápido como esos ligues nocturnos que duran lo que dura una resaca o esos amores que iban a ser eternos y se quedaron en un accidente de tres días. “What are you doing?” Escribiendo tu nombre en twitter, babe.