Hilando con un post anterior, entre las estrellonas a las que sigo afanosamente en twitter está Tim O’Reilly, que mola mogollón y es, entre otras cosas, uno de los padres de la Web 2.0. Natural cual manojo de perejil, Tim lo mismo te cuenta que está organizando en casa el bodorrio de su hija que te twittea una conferencia de megafrikis o te recomienda un artículo de un colega superguay. Como Tim me cae muy bien y no echo en saco roto sus sugerencias, hace un tiempo llegó a mis manos un suculento y entretenido post que se preguntaba ¿Qué viene tras la modernidad? La cosa venía a decir que fallecidas modernidad y posmodernidad, ahora lo que se lleva es la seudo-modernidad. Este palabro tan aberrante, además de chirriar en las orejas, da nombre a todo un terremoto que ha alterado violentamente y para siempre la naturaleza de conceptos tan fundamentales para los culturetas como la individualidad, la autoría, el conocimiento, la realidad o el tiempo. El origen de semejante cataclismo no es otro que la irrupción en escena de las nuevas tecnologías y, como es lógico, su epicentro está en Internet, que es a la vez su fenómeno más destacado y el medio donde se desarrollan y multiplican hasta el infinito flamantes productos culturales hijos de esta recién nacida corriente.
Con la seudo-modernidad, ahora cada vez que hago clic para navegar de una página a otra, me estoy implicando hasta las trancas en un proceso cultural ¡Y yo sin saberlo! ¡Que tensión! Pero es que aún hay más: resulta que los productos seudo-modernos necesitan del espectador y de su intervención física para existir, que el autor, relegado a un segundo plano, le cede el puesto y el protagonismo al receptor y éste termina modificando parcial o totalmente unos contenidos efímeros e inestables por naturaleza, ya que dependen estrechamente de nuestra mirada y de nuestra interacción con ellos en tanto que individuos. Claro, a la vieja guardia, todo esto le parece una aberración y auguran un desierto cultural, mientras que para los demás, estamos en los albores del “participativismo”, que nos traerá por fin la democratización de la cultura. Ahí es nada. Cuando acabé de leer el artículo en cuestión, me sentí super seudo-moderna y me dije “Ahora mismo voy a perpetrar un producto cultural de los que quitan el hipo” La ocasión perfecta me llegó al segundo, en forma de correo de un amiguete suplicando que visitáramos su recién reactivado blog. Consciente de mi importante labor en el proceso, entré y me leí su post sobre Graham Parker, tan bueno como de costumbre. “Hala, pensé, ya está: he colaborado en la creación de un producto cultural” Y me podía haber parado ahí, pero no. Decidí que además tenía que hacerlo seudo-moderno del todo, poniendo mi granito de arena, es decir, decidí dejar un comentario.
Era un comentario pequeñito, irónico pero halagador y bastante ingenioso, o sea como muy seudo-moderno de andar por casa y cuando lo vi publicado, me sentí orgullosa de mi aportación a todo aquello. Lamentablemente, mi colega, que por lo demás es un tipo estupendo, no debió pensar lo mismo, porque tardó un mes en volver a dar señales de vida. Cuando lo hizo, enseguida le pregunté si lo había leído. “Si, lo ví” contestó torciendo el hocico. Me di cuenta entonces de que aspiraba al puesto de autor chapado a la antigua y, como tal, le importaban un comino los comentarios sobre su obra. Sin duda quería un producto cultural de toda la vida a secas y yo, con mi mejor voluntad y gracias a la seudo-modernidad, se lo chafé. Pues menos mal...