Prometí provocarle una salmonelosis a mi blog y aqui está: un post de hace dos meses.
Hace unas semanas me rendí a la evidencia: no podía seguir más tiempo sin un agregador. Ya. Soy de efectos retardados, porque a estas alturas no disponer de semejante cacharrito, convenientemente atestado de todo tipo de cosas guays, equivale al suicidio digital: no conseguirás enterarte de nada en un plazo razonable y pasarás tu jornada chapoteando por un maremagno de información, intentando sacar algo en claro. Con esa sensación de caos andaba yo, cuando tuve un flash del pasado y me vino a la memoria mi Netvibes. Tras varios intentos fuerzabrutísticos recordé la contraseña y de repente allí estaba, cambios de interfaz aparte, tal y como lo había dejado hacía dos años. Casi me caigo de culo del susto, pero enseguida me puse a reorganizarlo todo y al rato, ya estaba repasando mi nueva colección de feeds molones. Pude comprobar la eficacia del sistema cuando, veloz, un titular recibido vía cnet me saltó al ojo: Facebook suspends app that permitted peephole Me lancé en picado y devoré satisfecha la historia que por fin cimentaba sólidamente mis odios más encendidos: Top friends, una aplicación muy popular en esta red social, era en realidad una puertecita que, bien (o mal, según se mire) usada, ponía al descubierto datos privados de los perfiles, pasándose por el forro las preferencias del usuario al respecto. Ya sabía yo que estas chuminadas no podían traer nada bueno. Les empecé a coger manía cuando, el mismo día que me registré, recibí una aplicación para saber que zona del cerebro usaba más. Completé el formulario, inocente de mí, y al instante vi que aquello se había instalado en mi perfil, comparándome ufanamente con Picasso, Mozart y Shakespeare. Avergonzada, lo eliminé a toda pastilla, pero la tormenta no había hecho más que empezar. A partir de entonces comenzó un insistente goteo de invitaciones para usar aplicaciones estúpidas. Me instalé y me desinstalé sucesivamente módulos para enviar y recibir flores virtuales (vaya mierda), jamón serrano virtual (vaya gilipollez) o copazos, por supuesto virtuales también (vaya mierda y vaya gilipollez), otras que buscaban identificarme con personajes de ‘Sexo en Nueva York’ ‘Mafalda’ o ‘Padre de familia’ y otra más para enviar a todo dios galletitas chinas de la suerte con mensajes aberrantes en su interior. Luego le llegó el turno al Fun Wall que me permitió recibir spam con toda comodidad y además pasar un vídeo de los Fuzztones más brutos y garajeros a toda mi lista de contactos, incluyendo familia lejana y antiguas compañeras de colegio, que estas alturas deben tener una idea de mi bastante aproximada a la realidad. Afortunadamente, después de eso abandoné para siempre el oscuro mundo de las aplicaciones, pero podría haber seguido así o incluso peor, porque ofrecen un amplio abanico de posibilidades para ejercer el noble arte de la metedura de pata. Y ahora encima, pueden servir para dejarte en bolas delante de cualquier empresa que comerciará con tu perfil personal en el mercado negro. Seguramente es cierto que cuando uno vuelca información personal en la red debe estar preparado para la posibilidad de que esos datos sean del dominio público antes o después, pero mejor de una manera digna y no por instalar una aplicación de patio de colegio en el perfil de Facebook.

Ahora, aqui entre nosotros he de confesar que dos mese después, estoy en deuda con Facebook. Muy en deuda. Pero eso será asunto para otro post