Llevo meses y meses desaparecida en combate pero debo decir en mi descarga que la razón ha sido de peso y que, para variar, la Internet ha tenido algo que ver. La cosa empezó hace unos meses, cuando un individuo que había conocido 18 años antes me agregó en Facebook. Aunque en su día me había caído como un puñetazo en los ovarios, como uso poco esta famosa red social, pensé que podía aceptarle sin mayor trascendencia. Error: una semana más tarde, el tipo en cuestión me invitó a un concierto de música clásica y por no quedarme en casa, acepté. Nada más verle, pensé: “Mierda! He organizado una cita a ciegas exactamente con la antítesis de tío que me pone.” Y once meses después de aquello, la antítesis y yo estábamos casándonos, luciendo ambos una sonrisa estúpida que aún no ha habido forma de borrar.

Si, ya sé que no es tan raro. Todos los días la gente se encuentra o se reencuentra a través de Internet y usa las redes sociales para fraguar sus relaciones laborales, personales e incluso sentimentales; cada minuto, las personas hacen cosas que habían jurado una y otra vez que nunca harían, incluyendo casarse; y como estoy optimista, quiero pensar que cada instante muchas personas encuentran la felicidad real allí donde jamás hubieran pensado que estaba, incluso en lugares virtuales.

Si, en realidad todo esto no es nada raro, más bien es la confirmación de lo que decía en un post premonitorio: la vida digital te da infinitas posibilidades para provocar todo tipo de malentendidos, desaguisados y situaciones ridículas. Y si no, que venga Tim Berners Lee y me convenza de que llorar en público al decir “Siquiero” y encima twittearlo, resulta super cool. Y todo, por culpa de Facebook.